Del proyecto a la obra
¿El arquitecto tiene condiciones de ser efectivamente propositivo ante la realización de su obra?
Proyectar y construir espacios para vivencias, desde sencillas moradas hasta los más suntuosos castillos, son actos de la profesión del arquitecto que se remontan a los primordios de la historia humana. Admirado u odiado, pero siempre juzgado por su gesto proyectual, el arquitecto se viene alejando gradualmente de la realización de su creación, la obra, especialmente a partir del advenimiento de la Revolución Industrial.
Entre fines del siglo XX y comienzos del XXI, vemos que herramientas tecnológicas invadieron el campo del proyecto arquitectónico (BIM, CAD, realidad virtual) y son muy bienvenidas, pues permiten que la creación se sobreponga a la tarea mecánica de dibujar. Al mismo tiempo, sin embargo, vemos un desprestigio sistemático del gesto proyectual, en que el hacer intuitivo en la obra se sobrepone al pensar, y los proyectos arquitectónicos son muchas veces meras formalidades legales, arrumbadas en un rincón de la obra. Así, la experiencia y la «intuición» del ejecutor, y no el proyecto, pasan a conducir la obra tradicional. Con la actual formación y conducta, el arquitecto, con raras excepciones, termina siendo un ser pasivo ante la dinámica del mercado de la construcción civil. Esto está muy ligado al desconocimiento, por parte del arquitecto, de todas las posibilidades constructivas, como la construcción industrializada, que no se concreta sin un buen proyecto, y acaba delegando en otros actores la definición de la mejor manera de construir.
El arquitecto es parte de una gran máquina, un engranaje de la construcción civil, pero ni por eso debe omitirse de proponer innovaciones constructivas, pues tiene una gran responsabilidad con su misión profesional y social de hacer este mundo más bello, acogedor, habitable, seguro y sostenible.
Corresponde al arquitecto dominar y entender las dinámicas del medio en que está inserto y actuar en busca de la buena arquitectura, agregando, entre otras cosas, alta calidad formal y constructiva, incorporando rasgos que garanticen la sostenibilidad social y ambiental y, principalmente, proyectando para el mundo real, sin olvidar nunca que arquitectar es poetizar el lugar.
Entonces, sí, tenemos condiciones de ser arquitectos propositivos, y no pasivos, ante la realidad de la construcción civil. Para eso, necesitamos, además de estar mejor preparados por la academia, asumir una nueva posición, más horizontal, en relación con nuestros proyectos y con nuestra actuación profesional. El acercamiento del arquitecto a la obra y a los demás pares de la realización de su trabajo ciertamente traerá un diferencial en su actuación y en la efectividad de su trabajo.
Lógica y creatividad
Muchos creen que la arquitectura se concibe únicamente por la creatividad, pero esa es una media verdad. Hay que ser creativo, sí, pero sin olvidar nunca que existe toda una lógica, tanto de la percepción como del uso, en la concepción de un proyecto.
La arquitectura es la reunión de muchas ciencias, de la filosofía a la matemática. El arquitecto debe ser capaz de comprender todos los aspectos involucrados en un proyecto, incluso los inmateriales, y, a partir de ellos, crear la mejor solución posible para su cliente. Cuando logramos aliar lógica y creatividad en el mismo dibujo, llegamos a lo que yo llamaría plenitud proyectual.
Entender cómo el cerebro de las personas percibe los colores, las formas, los contrastes y la luz: todo eso influye en la percepción de los espacios. También es necesario evaluar cuestiones como el confort visual, las circulaciones y la finalidad de cada espacio, comprendiendo y estudiando cada punto del proyecto y cómo cada persona lo percibiría.
La creatividad no implica solo desarrollar formas artísticas, sino también crear soluciones de bajo costo, autosostenibles y al mismo tiempo atemporales, buscando siempre ligereza y belleza para mejorar la calidad de vida de las personas. Para eso, es necesario estudiar todas las posibilidades de solución para cada caso. No importa si el proyecto es de gran o pequeño porte: lo que importa, ante todo, es atender las necesidades de cada espacio, adecuado a su uso.
Muchas veces, al conducir el desarrollo de un proyecto arquitectónico, es necesario verificar si lo que el cliente desea es exactamente lo que necesita. Nuestra función profesional es orientar, nunca imponer ideas, presentando siempre las opciones efectivamente disponibles, basadas en la composición lógica del proyecto y en la creación de puntos específicos dirigidos a ese cliente.
Aquí en nuestro estudio, por ejemplo, tenemos la premisa básica de entregar proyectos visualmente atemporales y con los mantenimientos futuros muy bien pensados, pues los procesos de uso y ajuste a lo largo de la vida útil son inherentes al objeto arquitectónico, y no deseamos que una obra pierda su funcionalidad antes del tiempo debido ni cause trastornos innecesarios a los clientes. Para eso, el arquitecto necesita munirse de herramientas que prueben las estructuras, el confort y la accesibilidad del proyecto antes incluso de que se ejecute. Simulaciones y cálculos son necesarios en esa fase, lo que muestra una de las facetas de la indisociabilidad entre lógica y creatividad en la arquitectura.